Llegó un nuevo número de Revista Periplo.
La propuesta era desafiante: números. De esos que me ayudaron a descartar carreras a seguir, que me hicieron llevar unas materias en el secundario cuando la cosa se puso más difícil en torno a ellos, y mi joven facilidad para las tablas se volvió nostalgia.
Me imaginé Matrix, me imaginé símbolos, números y más números que cayeran como lluvia ácida. Pero fue un proceso mucho más lindo.
Un gran artículo de Joaquín Bilbao, un análisis sobre el nuevo concepto de amigos según el uso Facebook, y un cuento infantil de los hermanos Grimm.
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| Ilustración para el artículo de Joaquín Bilbao (página 76) |
Fue un poco volver a la niñez, a la adolescencia y reencontrarse con esos símbolos que arriba de una torta en tu cumpleaños son simpáticos pero que combinados en una hoja para desmenuzarlos, cruzarlos y ordenarlos es una misión hoy ya más imposible todavía.
Pero no fue ilustrar un cuento infantil de hadas y brillantina. Fue un cuento de esos que adoctrinaban niños en otra época, que atormentaban frente al mal, que domesticaban mediante el miedo y la maldición.
Eso no fue un obstáculo para dibujar como dibujan los que dibujan cuentos infantiles. Hace un tiempo ya, me crucé con la banda Entre Ríos. Después con Alsace Lorraine. Y en el camino, me topé con la genial Isol que además de dejarme unos grandes discos de esas dos bandas, me mostraron que dibujar para textos infantiles puede estar bueno y bastante lejos de los trazos de Disney.
"Los Siete Cuervos" de los hermanos Grimm.
Así que con el cuento en pantalla, empecé por los cuervos. Y tenían que ser 7.
Y había una niña, y tenía que ser niña y una.
Lápices de colores, un cuaderno de hojas y dibujar.
Y salió esto.

